La indecisión de Cassiopeia
La única hija de los reyes de Anatolia, Cefeo y Andrómeda (aquella cuya belleza rivalizaba con la de las Nereidas) cuando alcanzó edad de contraer matrimonio se había convertido en una hermosa joven, de la cual se decía que era más bella que su propia madre. El rey hizo llamar a los jóvenes príncipes de reinos vecinos, con el fin de que uno de ellos fuese capaz de encender la chispa en el corazón de su hija.
La joven princesa se dedicó durante muchísimo tiempo a jugar con todos ellos, encomendándoles las más inverosímiles misiones, como traerle la piel del León de Micea, atravesar el Laberinto de Ariadna, o que resolviesen los enigmas de la Esfinge. También los obligaba a combatir entre ellos en las distintas artes de lucha, combate a caballo, incluso en poesia, argumentando que su futuro esposo y rey de Anatolia, debería demostrar ser el mejor no solo en la guerra, sino también tener el corazón sensible a las bellas palabras.
Pasaron los meses y tanto los resignados pretendientes, que se sometían a todos los caprichos y juegos de la princesa, como su padre, el rey Cefeo, la instaban a que tomase una decisión, y eligiese con premura al que sería su marido. Pero Cassiopea dudaba. Pedía más tiempo, y siempre se las ingeniaba para someter a los príncipes a nuevas pruebas, cada una de ellas más caprichosa y sutil que la anterior. En realidad no queria tomar la decisión. No quería tomarla porque ya la tenía tomada. Su corazón pertenecía desde hacía mucho tiempo al joven Hípono, uno de sus esclavos y falso eunuco (de cómo el pastor Hípono acabó de esclavo y falso eunuco de la princesa Cassiopeia, y de cómo conquistó su corazón forma parte de otra historia).
Llegó el momento en que Cassiopeia no podía seguir manteniendo la falsa, y les prometió a todos que al día siguiente les comunicaría su decisión. Esa noche escapó de palacio, acompañada de su amante Hípono.
El desconcierto del día siguiente, al descubrirse la huída, dió pie a la furia del rey, que comunicó a los desconcertados pretendientes que le entregaría la mano de hija al primero que la devolviese a palacio y diese muerte al esclavo.
No tardaron los fugitivos en enterarse de esta decisión de Cefeo y prefieron sacrificarse juntos antes de dejarse apresar. Y así fue como saltaron del acantilado de Mistria y fueron engullidos por las bravías olas.
Zeus, conmovido por el trágico desenlace de la historia, colocó a la princesa Cassiopeia en los cielos. Del pobre Hípono nunca más se supo; aunque en una de sus representaciones más atrevidas, la princesa yace recostada y en su mano, en lugar del velo, la pluma o el espejo con que se suele representar, sostiene una serpiente que se enrolla en su brazo. Algunos expertos consideran que esta serpiente representa al esclavo Hipono.
Desde su posición en los cielos, la princesa gira sin cesar en torno a la estrella Polar, describiendo un sinfín de círculos concéntricos, gigantescas Oes que se cierran en el transcurso de un día estelar. Mientras tanto, al igual que la indecisa princesa, la constelación va pasando por diferentes formas, jugueteando con letras y números.

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