Hace unos meses comencé a compartir con vosotros esta serie de reflexiones sobre lo ... ¿absurdo? ... que resulta que en pleno siglo xxi aún nos encontremos con un montón de personas que se creen, como si un dogma de fe se tratase, todo lo que tiene que ver con esta supuesta técnica adivinatoria.
En realidad, creo que el trasfondo de esto es, sencillamente, el hecho de que el ser humano tiene plena consciencia de su existencia, y esto le hace plantearse muchas dudas. Desde las más transcendentales de qué somos, de dónde venimos y adonde vamos, hasta las más superficiales y mundanas, que nos provocan inquietud, cómo qué nos depara el porvenir, o si saldrá bien o no esa relación sentimental que estamos empezando, o si el negocio que tenemos entre manos tendrá o no éxito.
Normalmente, las respuestas a las primeras preguntas, esas que he denominado transcendentales, solemos encontrarlas en las religiones. Da igual a qué dios se le rece o cómo se haga, lo cierto es que todas ellas intentan reconfortar el espíritu de sus seguidores dándoles esas respuestas que buscan.
Las respuestas a esas otras preguntas sobre nuestro porvenir más cercano quedan en manos de los "adivinadores" profesionales, ya sean echadores de cartas, videntes con turbante, brujas de velas negras o astrólogos con túnica. Todos ellos han hecho de esa necesidad del ser humano de intentar conocer el futuro su forma de vida, en algunas ocasiones con mucho éxito. Vale. Aquí no hay más que una manifestación más de una de la leyes más elementales de la economía de mercado: descubre las necesidades de tus potenciales clientes y satisfácelas (o, yendo un paso más allá, crea la necesidad (en este punto, un imocionado recuerdo para el iMago Jobs)).
Siempre he considerado que tanto unas como otras, religiones y adivinaciones, deben ser consideradas de manera muy similar, ya que sus principios básicos vienen a ser los mismos: dar respuestas a cuestiones que no las tienen, hacer que los "fieles" a cada una de ellas se sientan "reconfortados", y de paso hacer negocio con ello. Quizás la diferencia está en que los seguidores de la adivinación contribuyen de manera voluntaria a su mantenimiento (normalmente con llamadas a números de teléfono de tarifación especial) y .... vaya, ahora que lo pienso, en las religiones pasa igual !!! (al menos, así debería ser en un estado no confesional como el nuestro (aprovecho para recomendaros esta lectura)).
Sería muy complejo entrar aquí en la definición de futuro (y tampoco es ésta mi finalidad). En sus inicios, la astrología (entendida en su más estricto origen etimológico) era capaz de prever (adivinar) la posición de los astros en el cielo en un futuro más o menos cercano. Aquello que para los profanos podría considerarse como "adivinación" sabemos que no es más que la aplicación de unos sencillos conceptos matemáticos que definen las órbitas planetarias. No hay que quitarle mérito a esto, ni mucho menos, pero no tiene nada de "mágico", aunque así lo podría parecer en su momento. Luego, y dado que este conocimiento, esta capacidad de "adivinar el futuro", significaba poder (como sucede con cualquier otra forma de conocimiento, cuando éste no estaba al alcance de todo el mundo), y cuando aquellos primeros astrólogos lo manejaron en su propio beneficio fue cuando esta noble ciencia perdió buena parte de su naturaleza, hasta convertirse en la pseudociencia que es en la actualidad. Y marcó un punto de inflexión, cuando entra en escena la Astronomía, tal y como la entendemos ahora (hace unos años ya os hablé de esto aquí y aquí).

